GUSTAVO TOBA
- BRUNCH

- 22 may
- 2 min de lectura
Bulnes y Rivadavia
Quizás haya llegado con los años
a un secreto escepticismo
respecto de la eficacia
de su trabajo, y tal vez no fui el único
que se preguntó si su experiencia
lo habrá llevado a interrogarse
si su práctica era solo un pasatiempo.
Desde un principio lo habrá sabido:
quien ofrece un talento debe agregarle un carácter
y no hay mejor modo de llamar al estilo
que confiarse a la repetición y la persistencia.
Redujo su proceder a una economía tan férrea
que la volvió un axioma: guardar silencio
hasta el colmo de lo tolerable.
Lo trabajoso no sería la cura, que no estaba
en sus manos, sino mitificar su pose
y resistirse a la tentación de hablar.
La parquedad sería su sello,
y si por él hubiese sido
habría extremado el personaje
para no hacerse escuchar hasta dar
por terminada la sesión;
pero sin una frase de tanto en tanto
él mismo se hubiera evaporado.
Con el pasar de los años llegó tal vez
la apesadumbrada conclusión:
era imposible dictaminar si su práctica
incidía en los trastornos de sus pacientes.
Nadie, a decir verdad, se curaba…
La clínica le habrá traído entonces
la reminiscencia de algún panel televisivo:
la gente acudía para animarse a dejar una pareja
para decidirse a estudiar una carrera
o para conocerse a sí misma.
En esos casos quizá ayudara
pero la perspectiva de esa vida burguesa
seguramente lo aburriría. ¿Qué hacer?
No podía perfeccionarse más que en el arte
de la ocurrencia: no había otra cosa.
¿Habrá sentido alguna vez disgusto
al detectar una dolencia en la forma
de una broma o una ambivalencia
expresada en un olvido?
Se dedicó a pensar libremente
en las sesiones
como si fuese un llamado del destino.
Era imposible (para el otro) confirmar lo que él hacía.
Su distancia se hizo majestuosa:
una herramienta forjada a mano y aplicable a cada caso.
Además, quienes hablaban, no lo veían…
Una tarde citó a Boileau: “Lo mejor es lo posible”,
¿y qué era sino pensar lo que allí
básicamente se podía?
Por lo que ya estaba todo dicho…
Especuló cada vez con mayor arte.
¿De qué se lo podía acusar?
En definitiva, esa había sido su pasión
además de la enseñanza, la reflexión y cada tanto
la escritura sobre unos conceptos con nombre alemán
y flexión francesa que lo ocuparon
al punto que les dedicó su vida







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