GABRIELLA CINTI
- BRUNCH

- 21 feb
- 2 Min. de lectura
¿Quién sabe si llorabas?
Quién sabe si llorabas,
Dryopiteca pequeñita,
para silabear primero el aire de las manos,
la conquista del cielo con los ojos,
aparecido como primer prodigio
en el paso de tus bosques,
Ninfa del Mioceno,
¿quién sabe si llorabas?
Tus verdes lágrimas,
el dolor descubierto en la sal sobre los labios,
en la tierra caían,
has acogido así en ti también
el llanto de tus hermanas de antes.
Treinta millones de años para saborear
el sufrimiento como un sabor; más tarde,
cambiada a resina vidriosa,
la doliente Mirra perlará
con cera de marfil el llanto de amor,
para ti quizás salvado
Niña Primate, cachorra de nuestra forma.
Entre los árboles latía tu corazón,
tus dientes sonoros ritmaban el respiro
en sonidos de prepalabra.
Y no sé si llorabas,
si entendías la música de la sabana,
la voz de las coníferas,
la inteligencia del silencio.
Sé tanto como tú del misterio de las ramas,
de las florestas enemigas demasiado a menudo.
¿Cuántos millones de años
tiene la historia de mis lágrimas?
Y tú quizás por primera vez en la espesura verde
las has visto caer,
tus perlas, no de lluvia
y has distinguido el rocío de la pena,
quizás solo un chirrido más débil
para nombrarlas.
Quién sabe si llorabas, entre cortinas de robles,
¿Tú que migrabas de estado,
Tú menuda entre los gigantes,
Tú que por grados sutiles
llegabas a lo humano?
Me alcanza por sordo estruendo
de enormes eras para ti inexplorables,
la voz de tu llanto desconocido,
la transición de los mundos encaminada
más allá del océano abismal
encerrado sobre tus pequeños hombros.
En el mío, recojo tus inconscientes
lágrimas fósiles,
los suspiros nunca emitidos,
el amor que no has podido
ni siquiera pensar.
Pero, ¿quién sabe si llorabas?







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