LUIS BENITEZ
- BRUNCH

- 2 mar
- 2 Min. de lectura
En el comienzo
Mitad de mi padre y de mi madre
y cuarto con la ley sobre la tierra,
mi mundo vino a éste para saber que volvería a la nada
y nueve meses antes de nacer a la muerte
ya sabía al dolor rondando tras las líquidas paredes
y veía a las estaciones y a las épocas
transitadas por sus raros personajes, bajo mis ojos de duende,
dormidos y cerrados en el vientre.
Distinguía al día de la noche,
robaba de los tejados los huevos de los pájaros,
nadando en el lago interior, sabía el agua;
yo bailé, antes de tener piernas, sobre el césped de los campos.
Espiando por el ombligo de mi madre,
vi las maniobras secretas del crepúsculo,
cuando cambia los objetos del día por los que son de la noche,
y lo que nos rodea estiró entonces
sus frías manos hasta mis blandas mejillas.
El acre olor de esa tristeza que vaga por los rostros
hirió mi mente y mis sentidos respondieron
aullando un escozor desesperado;
la nada soltó su presa para que escapara por ese largo corredor,
donde uno a uno, reconocí los rostros futuros,
amigos y enemigos, que forjarían mi vida golpeada por sus gestos.
El amor y sus caretas, que desde el vientre
puse con torpes dedos en las caras de agrias desconocidas,
rebasándolas, me hizo golpear furioso y precoz
el tibio ladrillo que me ataba.
Cabeza abajo, con el sexo incendiando ya mis primeras raíces,
soñé que huía entre una lluvia de sangre
hacia un escenario de locos vanidosos,
donde yo también usaba un frágil traje lastimable
en el que peligraban todos mis deseos.
Hasta que alguien me azotó.
Y desperté llorando.







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